martes, 12 de febrero de 2013

Hermilio Hernández López o la elevación cultural musical de Guadalajara



Por Juan Real Ledezma
Publicado originalmente en la Gaceta Universitaria de la Universidad de Guadalajara, no. 374, 10 de enero de 2005.

Es la fría tarde del 25 de diciembre. Tras las torres de Catedral se aprecia una magnífica luna llena, blanca y esplendorosa. Lo estético de la escena remite inmediatamente a la tribuna del gran órgano catedralicio, que minutos antes era tocado con gran maestría, como lo hace desde hace más de 30 años don Hermilio Hernández.
Quisiera entrar a 2005 con esta escena citadina, porque precisamente este año nuestra ciudad fue declarada Capital Americana de la Cultura, de manera que resulta lamentable que entre nosotros tengamos una figura del nivel de César Frank o Girolamo Frescobaldi, incluso de Juan Sebastián Bach -toda proporción guardada-, y que nos pase inadvertida. Los invito a conocer algo de la vida y obra de Hermilio Hernández.
Nació en Autlán de la Grana, Jalisco, el 12 de febrero de 1931. Fueron sus padres los señores María de Jesús López y Eufrosino Hernández. A muy temprana edad recibió de su papá las primeras lecciones de solfeo y piano. A los 12 años ya interpretaba obras de música sacra en las iglesias de su pueblo natal.
Se trasladó a Guadalajara, donde se matriculó en la Escuela de Música Sacra. Ahí cursó canto gregoriano, con el padre José Santos Valadez, así como piano, con el padre Manuel de Jesús Aréchiga, y composición, con el profesor Domingo Lobato.
El arzobispo José Garibi Rivera le otorgó una beca para realizar estudios de especialización, en el Instituto Pontificio de Música Sacra, de Roma, donde recibió lecciones del eminente maestro Vinorelli. Ahí obtuvo los diplomas de magisterio en composición, órgano y canto gregoriano. Continuó sus estudios en la Academia Musicale Chigiana de Siena, donde estrenó su sonata número 1 para piano, y cuatro canciones para voz media y piano, sobre los textos poéticos de san Juan de la Cruz. En 1960 cursó improvisación al órgano, en el Instituto Gregoriano de París. Durante su estancia en Europa, dio varios conciertos.
A su regreso a Guadalajara, en 1961, se incorporó como segundo organista de la Catedral Metropolitana. Al fallecer el padre Aréchiga, el Cabildo de Canónigos lo nombró organista titular.
En la Escuela de Música de la Universidad de Guadalajara ha impartido las asignaturas de Crítica, Análisis y Estética, Piano, Análisis Auditivo Visual de los diferentes estilos y Armonía tradicional, entre otras. Fue jefe del Departamento de las cátedras teóricas musicales y, en 1968, profesor de tiempo completo. De 1974 a 1977 fue director de la Escuela de Música, en 1984 recibió el nombramiento de maestro investigador y en 1990 resultó elegido miembro del Consejo de Escuela.
En la Escuela de Música Sacra de la ciudad ha impartido clases de Piano, Armonía, Órgano e Improvisación al órgano.
Pero el maestro Hermilio Hernández no solo enseña e interpreta, sino que asegura su paso a la historia de la música componiendo. Entre sus obras destacan: Suite para violín y piano, Cantata de Adviento, para soprano, coro y orquesta, con la cual ganó el Premio Jalisco edición 1953, dos soberbios Ecce sacerdos magnus: uno para coro mixto y órgano y otro para coro a capella, una sonatina para piano, dos movimientos para orquesta, poliedros para clarinetes, fagot y piano; Tres Caídas para coro a capella; Siete Palabras, también para coro a capella, 10 piezas para órgano, Salmo 150 a una voz y con órgano, concierto para orquesta; Calendas, para órgano y tenor; Magnificat, para coro mixto y órgano; Himno para la fiesta de Navidad y un largo etcétera.
Podemos escuchar sus interpretaciones al órgano en las ceremonias catedralicias, en los festivales internacionales de órgano de mayo o en algunas grabaciones de sus obras, por cierto bien escasas.
Ha recibido algunos homenajes y preseas, como el citado Premio Jalisco y el "Hombre del fuego", además de otros galardones universitarios y una beca del FONCA. En 1993 su ciudad natal lo homenajeó, pues dio su nombre a la Casa de la Cultura.
Insisto en que los que vivimos en Guadalajara, y en particular los universitarios, no hemos calibrado la personalidad de Hermilio Hernández. Su modestia y discreción a toda prueba han hecho que muchos no perciban su gran obra musical.
Escribía el finado periodista Marco Antonio Nava, que nuestro biografiado, al igual que César Frank y Frescobaldi, se considera uno de esos organistas de iglesia que han legado a la humanidad una gran producción musical: "Se define a sí mismo más compositor que organista; sin embargo, es innegable que en ambas ha sido evidente su capacidad" (El Occidental, 24 de febrero de 1989).
Al iniciar este 2005, en el cual centraremos nuestra atención en la cultura de Guadalajara, haríamos muy bien, por elemental justicia, en conocer, apreciar y promover la obra de Hermilio Hernández, la cual no puede ser relegada ni por su modestia, ni por nuestra ignorancia.
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